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El Precio de la Felicidad

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"¿Prometen amarse mutuamente y vivir por ese amor que se han declarado a través de la bendición de estos anillos?". Frente al sacerdote, en una catedral espectacular, se encuentra una pareja ya mayor, elegantemente vestida. La mujer, Samantha, responde con una sonrisa radiante: "Para siempre."

 

              El cura mira a Oscar, cuyo cabello gris brilla con el gel. Su rostro afeitado revela profundas arrugas cuando asiente y dice que él también.


              Los presentes estallan en aplausos cuando la pareja es declarada reunida en la fe por la renovación de votos ante los ojos de Dios. Samantha irradia alegría. Su cabello, sutilmente teñido de rubio, reluce con la luz de la ventana tras el altar. Mira a su alrededor, a toda su familia y amigos aplaudiendo, y se enfoca en sus tres hijas que están en primera fila.


              "¡Gracias!" dice con sus labios en silencio. Cierra brevemente los ojos, inhala profundamente y los abre para retener los rostros de todos los que han servido de testigos de esta segunda oportunidad de ser feliz. Los aplausos continúan mientras tocan las campanas. Samantha observa a Oscar y luego a su hija Adriana que está llorando.


              "Qué momento más maravilloso.". La voz interior de Samantha resuena, sintiendo el amor de todos los que la rodean...


***
8 meses antes


"No puedo creer que haya llegado a esto." murmura Samantha con repulsión al ver los papeles de divorcio frente a ella. Hace dos semanas celebraba sus 64 años y hoy siente que no hay esperanza en su futuro.

 

              Se tapa los ojos con las manos y empieza a llorar. La nostalgia le recuerda un tiempo, hace tan sólo 7 años, en que aún compartía la cama con su esposo, Oscar, y su hija Adriana aún vivía con ellos. Ellas solían pasar sus días de compras y disfrutando su mutua compañía... antes de la llegada de Simon.


              "Agh, Simon..." piensa y golpea la mesa con el puño. Se le revuelven las entrañas tan sólo de pensar en ese agradable joven. Todo lo que él hace la irrita y la hace sentir enferma. Toda su vida le habían dicho: "Todos los hombres son infieles y mentirosos ¡no se puede confiar en ellos!". Ella había traspasado esta enseñanza a sus hijas y ninguna la creía más que Adriana, la menor y su favorita. Ambas estaban de acuerdo en que los hombres eran malos e indignos de confianza. Hasta que apareció Simon y cambió completamente su visión.


              "Nunca he confiado en él." dice con amargura. Había llegado a odiarlo por haber alejado a su hija de su lado. Todas sus buenas acciones y su actitud de caballero ridiculizaban a Samantha, haciéndola sentir miserable y resentida. "Los hombres no están pensados para ser agradables." piensa y sacude la cabeza. Camina a la cocina y se sirve una copa de vino.


              "Él es realmente un buen hombre, mamá." -escucha la voz de Adriana en su cabeza- "Estamos planeando tener hijos este año.". Samantha ve el hermoso rostro de su hija en su mente. Sabe que cuando tenga hijos nunca más volverá a verla. Más lágrimas brotan de sus ojos. "No puedo perderte, Adriana."


              Mira la mesa de la cocina y el recuerdo de su marido, Adriana y ella comiendo juntos la invade, junto con la certeza de que jamás volverá a experimentar esa felicidad. Se sirve otra copa de vino, pero la rompe contra la pared y cae de rodillas al suelo. "¿Por qué?" repita una y otra vez, llorando. Golpea con la mano el vino y los vidrios desparramados en el piso, tratando de encontrar alguna justificación para este abandono que, apenas seis años antes, no estaba ni en sus peores pesadillas.


              Samantha mira su mano, ahora cubierta de vino y sangre. "Haría cualquier cosa, ¡cualquier cosa!, por volver las cosas a cómo eran antes." -pone su mano ensangrentada sobre su cara y solloza- "Cualquier cosa...".


***

 

Una luz blanca ilumina los pasillos del supermercado. Samantha empuja pesadamente su carro. Se ve agotada y débil. Toma las comidas de siempre para alimentar a su repudiado marido y a sus hijas distantes. Su carro choca con una repisa y siente que va a desmayarse.

 

              "¿Samantha?" una voz llega desde atrás. La envejecida mujer se da vuelta y ve a Patricia, una vieja amiga que solía leerle el tarot. "¿Estás bien?" le pregunta con cara de preocupación.


              "Hola Patty...," -Samantha tose y levanta la cabeza- "no realmente."
Patricia la abraza. Mira el blanco cabello de Samantha, sus ojos oscurecidos y su piel suelta alargando sus arrugas hasta parecerse a la muerte. "Oh cariño, te ves terrible.".


              "He desperdiciado mi vida." -Samantha tartamudea y solloza- "Oscar quiere el divorcio."


              "Lamento tanto oír eso." -dice compasivamente Patricia- "Yo pensaba que todo iba bien.".


              Samantha niega débilmente con la cabeza y se seca las lágrimas. "Desde que nos cambiamos de casa, se ha vuelto descuidado, egoísta y parece que ya no le importo. Llevamos más de 5 años durmiendo en piezas separadas.".


              Patty la mira confundida. "Entonces, divorciarse no parece tan mala idea si las cosas no van bien, ¿no crees?".


              La mujer mayor mira a su amiga y se endereza como si su orgullo hubiese sido herido. "No es así, Patty. Tú sabes que si me divorcio me quedo con nada. Yo no trabajo, no tengo ahorros. Quedaré desamparada y probablemente termine en la calle.".


              "Seguro que no." -dice Patty tratando de calmarla- "Puedes empezar de nuevo, obtener algo de dinero del divorcio, poner la pastelería que siempre quisiste... no es el fin del mundo, querida."

 

              A Samantha la altera el tren de ideas de su amiga. Le recuerda a Simon y el trabajo que había encontrado para ella hace unos meses; la injusticia de tener que trabajar después de tantos años invertidos en su familia, sin recompensa alguna y totalmente abandonada le parece insultante. "No es sólo Oscar. Fernanda y Theresa apenas me hablan y me usan cuando lo necesitan. Y Adriana..." -hace una pausa pensando en su amada hija- "está planeando tener hijos este año.".

 

              "¡Eso es maravilloso!" exclama Patricia con una sonrisa. Pero Samantha hace gesto de desagrado y se echa hacia atrás. "¿Lo es?" -replica- "Tú y yo sabemos que cuando tienes hijos, todo se acaba. Adriana hará su vida y apenas si podré verla, especialmente si está con ese insoportable cretino de Simon.".


              Ambas mujeres permanecen en silencio. Patty saca su celular de la cartera. "Sé por lo que estás pasando, Samantha." -dice mientras busca un número- "Hace algunos años, yo sentí lo mismo que tú estás sintiendo ahora. Y, si tú quieres..., hay alguien que te puede ayudar.".


              Samantha se ríe falsamente. "Nadie puede ayudarme, Patty. Mi vida se acabó.".


              Patricia le envía un número de teléfono. "Ella es una... especialista." la mujer se estremece y mira a Samantha. Sus ojos se empañan y su voz tiembla cuando dice por lo bajo: "Alguien que puede cumplir cualquier cosa que desees. Dile que yo te envío y no te cobrará. Sin embargo, debo advertirte que tengas cuidado con lo que deseas, porque nunca se sabe cómo tus deseos se harán realidad.".


***

 

Samantha conduce hasta el pueblo donde vive su hija con su -demasiado perfecto- marido. Cuando ellos la reciben en la entrada, ella tiene los ojos hinchados por haber llorado todo el camino. La llevan al living y Simon le trae una bandeja con té y pastel de pasas. "No me gustan las pasas." escupe ella, pero él ignora su comentario y sonríe tratando de ser empático con ella.
Adriana le pide a su esposo que las deje un rato y él se va a la cocina a lavar la loza. "¿Qué pasa mamá?".


              Samantha observa a su hermosa hija, envidiando en silencio su juventud y la suavidad de su piel sin arrugas, excepto por su frente que se pliega encantadoramente por lástima hacia ella. "Tu padre... me pidió el divorcio. No soporto estar así con él, Adriana, ¿qué voy a hacer?".


              "¡Pero qué bastardo! ¿Cómo tan desconsiderado?". Los ojos de la joven se abren como platos y sus labios tiritan con la misma rabia de su madre.
Samantha toma un sorbo de té. "Todos los hombres son iguales, hija.

 

               Nosotras no les importamos, sólo nos usan como esclavas. Te lo he dicho toda tu vida, no se puede confiar en los hombres y no puedes depender de ellos.".


              "Bueno, eso no es verdad mamá, ¿qué hay de Simon? Él es un buen hombre.". Adriana se da vuelta a mirar a su marido. Él la ve y le sonríe. Se vuelve hacia su madre, que observa su amor agriamente. La joven continúa: "No puedes decir que todos los hombres son malos.".


              "Sí puedo. Y créeme, hagas lo que hagas, él terminará dejándote. Te será infiel con otra mujer y terminarás en la calle igual que yo." -Adriana se pone de pie, molesta- "¿Qué? ¿Qué dije?".


              "¡No puedes actuar de esa manera, mamá!" -dice la joven casi gritando- "Simon me ama y tú tienes que aprender a confiar en él. Sabes que estamos planeando tener hijos, ¿por qué no tratas de llevarte bien con él?".

 

              Samantha sacude la cabeza. "No puedes tener hijos. No hasta que termines tus estudios. Obtén tu título, consigue un buen trabajo, gana experiencia y después ten familia.". Esas eran las palabras que le había repetido a su hija toda la vida: sólo otro hechizo para mantenerla bajo su ala.

 

              "Ya estoy casi lista. Sólo necesito mi práctica y terminar la tesis para tener mi título y hacerte sentir orgullosa." Adriana se sienta resignada bajo el encantamiento de las palabras de su madre.


              "Lo harás, hija. ¿Cómo te ha ido en tu búsqueda de práctica? pregunta Samantha.

 

              Adriana la mira y suspira. "No hay trabajos disponibles...".


              "¿Y qué pasa con lo que te ofreció ese tal Michael, en la empresa de su papá?"

 

              La joven hace un gesto de repulsión. "Me llamó el otro día. En realidad sólo está interesado en acostarse conmigo. Es un tipo demasiado desagradable, mamá, necesito encontrar otra opción.".


              Samantha levanta las cejas y deja la taza en la mesa. "No deberías esperar para siempre, querida. Todos los hombres son iguales y, si eso es todo lo que quiere, sólo hazlo y obtén la práctica para poder titularte pronto.".


              A Adriana se le abre la boca. "No puedo creer lo que estás sugiriendo, mamá. Es decir... ¿qué?" se siente enferma con el comentario de su madre y asume que la rabia contra su padre la ha vuelto temporalmente loca.


              "Eres una mujer, Adriana." -continúa ella, ignorando la reacción de su hija- "Nosotras tenemos que hacer lo que sea necesario para sobrevivir en este mundo. Simon jamás lo descubrirá y, por lo demás...".


              "Ya sé lo que vas a decir." -la interrumpe la joven- "Todos los hombres son iguales y no se puede confiar en ellos y sólo te decepcionarán y engañarán. Pero amo a Simon y él es un buen hombre. A pesar de lo que piensas, él estará a mi lado pase lo que pase.".


              Las dos permanecen calladas y sólo resuena el tic tac del reloj.

 

              Adriana rompe el silencio: "Y ¿qué vas a hacer, mamá?".


              La madre se limpia los ojos, se suena la nariz y se endereza. Ve que no tiene sentido pedirle consejo a su hija, que tiene todo lo que ella siempre ha querido, y el recuerdo de la oferta que Patty le hiciera unas horas antes llena su mente. "No lo sé. Pero de seguro algo se me ocurrirá."


              Ya de vuelta en su auto y aún furiosa, primero por su marido y luego por el disgusto de Adriana, saca su teléfono y busca el número que Patty le mandó. No hay nombre, sólo un número. Llama. "Cualquier cosa." susurra mientras suena el tono de llamada. "¿Aló?... Hola, mi nombre es Samantha. Patty me recomendó...".


***


La dirección que le diera la mujer la lleva a una pequeña cabaña en lo profundo del valle. Es vieja y parece abandonada, con un carruaje oxidado cerca de la entrada. Toca la puerta con fuerza.


              La puerta se abre y aparece una mujer de mediana edad, baja estatura, corta melena gris y vestida con una toga negra. "¿Puedo ayudarla?" pregunta torciendo la boca.


              "Mi nombre es Samantha Hutchinson. Hablamos por teléfono ayer."

 

              La menuda mujer sonríe y la invita a pasar. La cabaña está cubierta de suciedad y hay libros llenos de polvo acumulados por todos lados. Samantha pisa con cuidado, sorprendida de que alguien pueda vivir ahí. "Patty me dijo que usted puede ayudarme a... a convertir un sueño en realidad. ¿Es verdad?".

              La mujer, que parece deslizarse más que caminar, le hace un gesto invitándola a sentarse en un viejo sofá de cuero café. Se sienta frente a ella y la mira profundamente a los ojos, como si viera la desesperación que la ha llevado hasta allí. "No, yo no puedo." -Samantha suspira y se apoya en el sofá para levantarse e irse de ahí- "Pero... estoy en contacto con alguien que sí puede. ¿Está familiarizada con las artes oscuras?" pregunta poniendo su mano sobre la de ella.


              Samantha libera su mano y entorna los ojos. "Estoy familiarizada con los mitos sobre las artes oscuras pero nunca...".


              "Debe comprender," -la interrumpe la mujer de negro- "que estoy asociada a una peligrosa entidad, cuyo tiempo no puede ser tomado a la ligera. Si usted requiere su asistencia para cumplir sus deseos, no debe arrepentirse. Debe estar segura.".


              Recordando cómo se sintió al recibir los papeles del divorcio, la rabia por la injusticia del mundo la embarga. Y, de pronto, Samantha siente cómo su miedo por el futuro perdido desaparece, al entender qué es lo que Patty le ha ofrecido: la posibilidad de ver sus sueños realizados, a un costo demasiado alto para comprenderlo, pero que en este momento está dispuesta a aceptar. "Estoy completamente segura.".


              Los ojos de la mujer se endurecen sobre su sonrisa espeluznante. "Puedo ver que lo está. Venga conmigo." La guía hasta una escalera que lleva al sótano. "Sígame." murmura.


              Samantha se siente intranquila y su cuerpo tiembla cuando ve la figura de la mujer desaparecer en las sombras. Por un momento piensa en salir corriendo y olvidar que estuvo en ese lugar olvidado por Dios, pero su desesperación es mayor que su miedo y comienza a bajar. La puerta se cierra de golpe tras ella y, azotada por el pánico, casi rueda por las escaleras.


              Una vela se enciende en la habitación subterránea revelando una cueva vacía. Las paredes de roca están cubiertas de agua negra, que sale por las grietas del techo.


              "¿Quién interrumpe mi sueño?" escucha decir a una profunda voz de hombre. Girones de viento frío vuelan por la cueva y la envuelven, erizándole la piel. La vela en la mano de la mujer arde con un fuego verde. Una sombra en la pared comienza a tomar forma, balanceándose de lado a lado. Está horrorizada y trata de convencerse que todo es producto de su imaginación.
"Samantha Hutchinson." sisea la voz desde las sombras.


              "No estoy de humor para esta clase de trucos." dice Samantha en voz alta, tomando a la mujer por el hombro y dándola vuelta. Al hacerlo, no ve ojos ni nariz, sólo el agujero de una boca antinaturalmente ancha, del cual sale humo negro cuando dice: "Has sido traída frente a su majestad porque ha escuchado tus súplicas.". La voz hace eco y la sombra crece hasta tomar la forma de un toro con grandes cuernos y cola de serpiente.


              El cuerpo de la mujer de negro se alarga, sus brazos se estiran y dice: " Él, majestad todopoderosa, te concederá lo que desees, si declaras un pacto de eterna servidumbre en las fosas del infierno y en la constante guerra que libra contra su antiguo amo.".


              "¿Quién eres?" pregunta Samantha, petrificada, temblando de miedo y con los ojos saliéndose de sus órbitas. Cree que todo esto ha sido un gran error, pero es demasiado tarde para echar pie atrás.


              Un denso humo y un hedor a azufre llenan sus sentidos. "Soy la majestad del reino de la noche que atormenta. No me preocupo por aquellos que caminan bajo los ojos de mi oponente, sólo busco almas que desean estar a mis órdenes contra él. No me hagas perder el tiempo y declara lo que deseas.".


              La aterrada mujer mira a su alrededor y se limpia el sudor de su frente afiebrada. "Por la fortuna que sea, he llegado ante usted... su majestad, como alguien que necesita ayuda.".


              "Ah sí..." -la voz sisea y la sombra con forma de toro resopla- "No has buscado la ayuda de mi enemigo, estoy seguro.".


              "No lo he hecho." Samantha ni siquiera había pensado en rezar a Dios, sabiendo que sus palabras caerían en oídos sordos.


              "Entonces ruega."


              Hiperventilando y sin creerlo, toma aliento profundamente y exclama: "Toda mi vida me he dedicado a otros que ahora quieren abandonarme. Siento que me estoy deteriorando, volviéndome amargada y deprimida." -la imagen de su familia llena sus pensamientos- "Deseo un tiempo de juventud y propósito, en el que mi marido me ame..." -hace una pausa y ve a su hija- "y en el que mi hija Adriana vuelva a mi lado hasta el día en que yo muera."

              "Lo que deseas..." -la voz gruñe y una risa aguda la envuelve- "¡será! A costa de la felicidad de ellos, la tuya será satisfecha... pero el precio es la esclavitud de tu alma en mis profundidades por toda la eternidad. ¿Aceptas hacer tal acuerdo?".


              La idea de tener a su hija de nuevo con ella y el miedo de perder a su marido la provocan mientras asiente. "Acepto el acuerdo... su majestad."
La llama verde explota y la habitación queda a oscuras. Las voces de Oscar y Adriana llorando llenan sus oídos hasta que sólo escucha los latidos de su corazón. De pronto, la voz resuena en el silencio: "Así será."


              Samantha vuelve en sí de un salto. Está en el sofá de cuero café pero la mujer de negro no se ve en ninguna parte. Aterrada, sale corriendo de la cabaña y se mete al auto. Respira agitada y no puede creer lo que pasó. Saca sus remedios de la cartera y se los toma sin agua. Se mira en el espejo retrovisor mientras su consciencia repite: "¿Qué he hecho?".


***

 

Samantha va con Adriana en el auto y en la radio comienza a sonar 'Live and let die' de Paul McCartney. "Amo esta canción." dice Samantha y se pone a cantar. Han pasado 4 días desde su visita a la cabaña. Ya casi cree que todo fue una pesadilla a pesar de que, desde ese día, se siente mucho más positiva y con menos sentimiento de soledad, al punto de arrepentirse de haber llegado a pensar en medidas tan extremas para ser feliz otra vez.


              Llegan a su casa y bajan las bolsas del supermercado. Guardando las cosas que compraron, Adriana entra al dormitorio de su padre, que está de viaje por trabajo, y ve una luz parpadear en la tablet olvidada sobre el velador. Por curiosidad, la toma y abre el correo recién llegado... de una mujer llamada Sandra.


              La joven se horroriza al descubrir que su padre está teniendo un romance con una compañera de trabajo y corre a la cocina a contarle a su madre.

              Samantha queda perpleja. Justo cuando empezaba a sentirse mejor, este descubrimiento le devuelve la desesperación. Ahora entiende el porqué de la distancia de su marido y su petición de divorcio. "¡Voy a matar a esa mujer!" grita tirando las cosas al suelo.


              Adriana trata de calmarla. "Mamá, con este mail, puedes obtener el divorcio y quitarle todo: la casa, el auto y exigirle una manutención. Incluso puedes conseguir que él y la tal Sandra sean despedidos. Esto es serio.".


              "Te lo dije, cariño..." -agrega su madre- "todos los hombres son iguales y, si no velas por ti misma, Simon hará lo mismo. Has lo que sea necesario para obtener tu título y nunca dependas de un hombre, así nunca pasarás por lo que yo estoy pasando."


              Samantha se sienta en el comedor y entierra la cara entre los brazos. Al parecer la promesa del diablo había sido en vano y está destinada a estar sola para siempre. Adriana le acaricia la espalda y le asegura que todo estará bien. Los ojos de su hija, antes inocentes y llenos de amor, se oscurecen por la rabia ante la traición de su padre y la idea de que, tal vez, su madre tiene razón...


***

 

Los días se hicieron largos. Simon había llevado a Adriana a la playa porque estaba demasiado deprimida con el descubrimiento de la aventura de su padre y sin poder encontrar un trabajo para su práctica profesional.


              Samantha espera vigilante en el living a oscuras, hasta que finalmente su marido regresa de su viaje. "Hola Oscar." dice en tono sombrío.


              "Samantha." -responde él mientras cuelga su chaqueta- "¿Qué haces esperándome así, a oscuras?".


              Ella se pone de pie sosteniendo la tablet en su mano. "¿Quién es Sandra Redsmith?".


              A Oscar se le cae la cara. Se ordena el pelo y se soba la larga barba. Tartamudea tratando de explicar pero ella ignora cada palabra y comienza a pegarle una y otra vez. Él no trata de detenerla porque la culpa lo aturde.


              "¿Es por esto que quieres el divorcio? Cuarenta y cuatro años de matrimonio ¿y así es como me pagas?" -sigue abofeteándolo- "Puedes tener tu divorcio pero, con esto, yo me quedo con todo. Incluso haré que despidan a esa zorra ¡y serás tú el que se quede en la calle!"


              "¡Lo siento!" -grita él y respira con dificultad- "Escúchame. Yo... lo siento. Yo sólo me sentía... solo. Ella me hacía sentir especial. Me recordaba cómo eran las cosas entre nosotros al principio.".


              Samantha se detiene y lo mira con desprecio. "¿Tú te sentías solo? ¡Yo estaba sola! ¿Cuarenta y cuatro años no significan nada para ti?".


              "Significan todo para mí." -continúa él- "Esto no tiene por qué ser así, Samantha... querida. Terminaré con ella y empezaremos de nuevo. ¡Por favor! Soy un estúpido... Dame otra oportunidad.".


              Las palabras se clavaron en ella como cuchillos. Así era cómo el diablo cumplía su promesa. Ésta era la felicidad de Oscar sacrificada a la que se refería.


              "Voy a exponerte. Todos te verán como el mentiroso desleal que eres.".

              "Por favor no..." Oscar se pone de rodilla y le suplica que no revele el correo a nadie, especialmente a su jefe. Sandra perdería su trabajo y está sólo a un par de años de jubilarse, pero con esta información la compañía podría negarle su pensión. "Te lo ruego... Haré lo que sea."


              Entonces ella se pone de rodillas frente a él y, envuelta en lágrimas, dice: "haz todo lo posible por reconstruir este matrimonio. ¿Prometes amarme como alguna vez lo hiciste?".


              Sin dudar un segundo, Oscar susurra: "Absolutamente... Lamento tanto lo que ha pasado.".


              No le importa saber que lo está chantajeando. Lo único que le importa es que las cosas vuelvan a ser como eran antes. La primera parte del trato con el diablo está cumplida.


***


La casa está limpia. Oscar se había tomado tiempo del trabajo para ayudar a Samantha a organizar la cocina y el living. También habían movido las cosas del dormitorio de Oscar al de ella, ya que ahora están durmiendo juntos otra vez.

 

              Samantha se sienta a descansar, exhausta de tanto mover muebles. Suena su teléfono y, al contestar, escucha a Adriana gritando y llorando desconsoladamente. "Hija, cálmate, ¿qué pasó?".

 

              "¡No lo sé, mamá! Simon llegó a la casa y... y..." -tartamudea tratando de controlar su respiración- "me encontró en la cama con Michael.".
Samantha queda en shock. "¿Qué? ¿Dónde estás?".


              Sin parar de sollozar, Adriana responde: "En el auto, voy camino a tu casa.".


              Tras colgar, le cuenta lo ocurrido a Oscar. "No puedo creerlo... ¡Si parecían tan felices!" exclama él mirando el rostro sorprendentemente inexpresivo de su esposa.


              Cuando Adriana llega, se cuelga al cuello de su madre. Le cuenta que había invitado a Michael a la casa para conversar sobre la práctica y que, de pronto, se despertó en su cama con los gritos de Simon golpeando a Michael.

 

              "¿No recuerdas exactamente qué pasó?"


              "No, mamá." -gimotea- "Todo lo que recuerdo es estar conversando con Michael en el living... y luego despertar sin ropa, en mi cama. Ni siquiera estoy muy segura de qué pasó después... Sólo sé que Simon echó a Michael a patadas... y que discutimos... y que él se fue." murmura rompiendo en llanto.

 

              "Ese Michael debe haberte drogado." -declara Samantha- "Todos los hombres son iguales, no se puede confiar en ellos. Y pensando bien, Simon te dejó después de que fuiste violada. Que hombre tan horrible resultó ser.".


              "Debería ir a buscarlo..." dice Adriana tratando de salir pero su madre la detiene. "No. Él tiene que venir a verte. No te rindas ante los hombres, cariño. Él no debió haberte abandonado."

 

              La joven cae de rodillas, llorando sin consuelo. "Tenías razón... siempre tuviste razón mamá. ¡Los hombres son terribles!".


              "No te preocupes, cariño..." -dice Samantha y la abraza- "siempre tendrás a tu madre. Yo te voy a cuidar.".

              La segunda parte del trato con el diablo está cumplida. Adriana volvería a la casa de su madre, odiando y desconfiando de los hombres para siempre, para cuidarla hasta el día que muriera.


              Samantha sonríe furtivamente. Mira por la ventana y, en secreto, le da las gracias a la aterradora aparición que ha consumado sus deseos.


***

Presente

 

Tras la ceremonia de bendición de los anillos, Samantha y Oscar están sentados juntos en la mesa del restaurant donde celebran la renovación de sus votos. Ríen y disfrutan con todos los que han venido a felicitarlos.


              Samantha está encantada y no puede creer cómo todo ha cambiado para ella. Ha perdido peso y se siente más joven desde que se dejó crecer el pelo. Todos le dicen que hasta tiene menos arrugas. Mira a Adriana, quien ayudó a organizar todo. Ve que sonríe, pero sabe que es sólo gracias a los medicamentos, ya que entró en una profunda depresión después de separarse e iniciar el proceso de divorcio.


              Patty aparece y se acerca a la festejada. "Felicitaciones." dice y le pide hablar a solas un momento. "Entonces... ¿todo salió bien al final?".


              "Sí, así es. Todo gracias a ti" dice Samantha chocando su copa de champaña con la de ella mientras miran los árboles del jardín.


              "Sí." dice una profunda y diabólica voz. Samantha mira a Patricia y ve que sus ojos y nariz han desaparecido y que su boca abarca todo el ancho de su cara; por entre los dientes negros se escapa un vapor oscuro. "Es gracias a mí. Nunca lo olvides. Yo intercambié la felicidad de tu marido y la de tu hija por la tuya. Vivirás el resto de tu vida mortal sabiendo su sacrificio y, cuando tu tiempo aquí termine, serás mi esclava por toda la eternidad.".


              Samantha traga el líquido burbujeante y lo siente pesado al bajar por su garganta. "Sí, su majestad.".


              La boca sonríe y se lame los labios con una lengua bífida. "No puedo esperar...".


              Samantha se da vuelta y deja a Patty atrás. No le importa la advertencia del diablo. No le importa la felicidad de su marido, que brinda con sus amigos por el falso amor que le ha declarado. Mira a Adriana mientras se toma sus pastillas y tampoco le importa. Todo lo que le importa es no estar sola. Todo lo que le importa es ella misma y sus propios sentimientos.


              Toma su copa y brinda por sí misma. "En este momento, me siento condenadamente bien." -se toma toda la champaña de un golpe- "Ok... ¿y ahora qué?


Fin

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