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Metro to Mars

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¿Qué puede ser más palpablemente absurdo que la perspectiva de locomotoras viajando el doble de rápido que diligencias?
The Quarterly Review, Sockton and Darlington Railway, 1825

El metro llegó y todos en la plataforma comenzaron la lucha por entrar a la fuerza en los carros del tren.

 

               Yo, como muchos otros, tenía que tomar el metro a Marte, a la Meseta para ser exactos, que corresponde a la estación N°94 en la ruta de dos horas hasta los Casquetes Polares de Marte.


               Aquí estábamos en la estación N°12, Tierra: Principal, y la hora punta obligaba a todos a abordar al mismo tiempo, ignorando completamente a la gente proveniente del Polo Sur que acababa de terminar la guardia nocturna en la Prisión Antártica y sólo quería llegar a casa a dormir o a pasar un rato con su familia. Pero, tan pronto como las puertas se abrieran, nadie los dejaría bajar del tren, por lo que tendrían que empujar y recibir insultos de los rudos pasajeros que empezarían a subir.

 

               Me gustaría que el sistema del metro fuera como en Japón, donde tienen dos pisos, uno para llegadas y otro para salidas, además de esos modernos ascensores. Pero aquí, en Buenos Santiago, seguimos con lo mismo que ha habido por cinco siglos.

 

               Los altavoces dijeron "Por favor, manténgase alejado de las puertas." en cinco idiomas diferentes. A pesar de haber transmitido en tantas formas el mismo mensaje, nadie pareció escuchar y seguían apretándose a sí mismos contra el carro que había superado con creces su capacidad. Todo el mundo empujaba y se quejaba de otro pasajero que no se movía o se daban codazos unos a otros para estrujar aún más su masa corporal hacia el interior del tren.
Entonces las puertas se cerraron y de los parlantes salió una música suave, el mismo Mozart de siempre; desde niños le hicieron creer a la gente que esto los haría más inteligentes, pero parece haberlos hecho más ignorantes y estúpidos que nunca.


               De todos modos, la mayoría llevaba puestos sus HiperSAVs (Sistema Audio Visual) de Apple. ¿El D11a? ¿El S24c? Ni idea, no logro mantenerme al día con todos los productos nuevos que lanzan mensualmente. Además, nunca he estado interesado en esos aparatos de realidad virtual, prefiero ver y escuchar el mundo real. Y algunos modelos nuevos vienen con un accesorio nasal, lo que significa que incluso hueles lo que sea que estés viendo en tu mundo de fantasía, completamente ajeno o ignorante de lo que es ser civilizado o incluso ser humano.


               Todo aquel que vive hoy en día ha sido llevado al interior de su fantasía sicológica a través de la realidad virtual mientras sus cuerpos de treinta años comienzan su rápida decadencia.

 

               "No como Tío Tom." me encontré murmurando. Tío Tom era legendario: el primer pionero en Rasozi que encontró Purtonium y ahora dirige casi toda la red solar Croid. "Un gran tipo el Tío Tom." dije en voz alta y la persona junto a mí asintió.


               Mirando alrededor, parecía que estábamos a un universo de distancia del verdadero potencial de la humanidad y de la forma en que solíamos vivir. Irónicamente, apareció un anuncio en el monitor general del Tío Tom promocionando su Lotería, que sorteaba setenta y ocho cuatrillones de créditos. Eso sería útil para todos aquellos atrapados en esta carrera de ratas.

 

               "Un gran tipo el Tío Tom." susurré nuevamente para mí mismo.

 

               Un hedor llegó a mis fosas nasales cuando alguien cerca de mí defecó, seguido inmediatamente por una pesada colonia del regulador automático de olores. Miré a la mujer a mi izquierda, de donde había venido el olor, pero ella parecía inmersa en su HiperSAV hablándole a un amigo con una gran sonrisa en su rostro.


               Sacudí mi cabeza con disgusto. ¿Qué le pasó a la especie humana? Gracias a la tecnología, ahora uno puede ir al baño de pie, ya que los calzones eliminadores de desechos desintegran todo, te secan con aire y ni siquiera te das cuenta de que fuiste al baño.

 

               Siempre pensé que era una buena idea, especialmente para los transportistas espaciales. Pero ver a una mujer joven, vestida a la última moda de Aurothia, diseñadora de Venus, con esa actitud, es vergonzosa.

 

               Ella siguió riendo, ignorando al mundo a su alrededor, metida en su SAV. Miré a las otras personas, esperando encontrar que ellas también estaban disgustadas, pero nadie siquiera levantó la cabeza. Todos estaban mirando los monitores en constante movimiento o atascados en la vida virtual detrás de sus visores.

 

               Pasamos una parada, luego otra y otra hasta que me desconecté de la cantidad de veces que las puertas se abrieron y cerraron y de los reclamos de la gente. El tiempo voló mientras lo único que podía ver era la nuca sudada del hombre parado frente a mí llenando mi cara de pelo café.


               El tipo se bajó del tren y logré moverme, aunque seguía estrujado entre dos mujeres de mediana edad, sacando mi brazo de su estrecho agarre y afirmándome de los pasamanos. Llegué al final del carro y encontré una ventana libre.

 

               El viaje era tan suave... en especial desde la implementación del nuevo cable de superfibra que conectaba al tren con el Anillo Terrestre. Toda esa gente de caras inexpresivas no valoraba que, tiempo atrás, salir de la gravedad terrestre había sido uno de los logros más grandes de la humanidad y que ver la Tierra desde el espacio había sido el gran sueño de muchos. Ahora la gente vive sin apreciar las maravillas de la vida...


               Mirando por la ventana cuando el tren dejó la atmósfera de la Tierra, sentí que todos habían perdido el contacto con el planeta, que nadie se detenía ni siquiera a mirarlo. Y pensé que se veía hermoso... a pesar de sus campos grises, cubiertos de enormes ciudades contaminadas, y de sus vastos océanos verdes turquesa, ya no azules como solían ser.

 

               Escuché el bip de una alarma y vi a una mujer muy pálida apagar el pitido de su brazalete, sacar un estuche de medicamentos de su cartera y tomar la que decía "Fordilobiarsolen". Levantó el visor de su HiperSAV, tomó dos pastillas e inmediatamente volvió el color a su cara y sonrió alegremente, con las pupilas tan dilatadas que no se veía el color de sus ojos. Luego bajó su visor y siguió viviendo cualquiera fantasía en la que haya estado metida.

 

               Según sabía, el Fordilobiarsolen era para tratar el síndrome de Diamostra, un supuesto trastorno genético que afectaba el cerebro a consecuencia del abuso de antidepresivos en generaciones anteriores. Todos aquellos que no pudieran darse el lujo de pagar una RDGN (Remoción de Defectos Genéticos de Nacimiento) o que no la tuvieran cubierta por su seguro médico, tendrían casi con certeza síndrome de Diamostra.

 

               Personalmente, pienso que era lo mismo que la enfermedad de Dipolapso o que el síndrome de Purpoludio. Pero hoy en día uno no puede estar seguro, todo se vuelve tan confuso cuando se trata de enfermedades mentales.

 

               El tren paró y nuevamente no sentí nada. Todo en el viaje en metro es tan suave que ni siquiera noté cuando activaron el amortiguador gravitacional para mantenernos de pie.

 

               Recuerdo un viaje en el que el amortiguador falló y todo el mundo simplemente flotaba sin control. No fue nada divertido, porque todos entraron en pánico y se pusieron agresivos; o por lo menos lo intentaron, ya que no es nada fácil golpear a alguien en gravedad cero. Recuerdo que una mujer golpeó a un hombre en una oreja y la sangre fluía en burbujas, flotando y chocando con la cara de otras personas. Muchos pasajeros vomitaron, algo usual si no estás acostumbrado a la falta de gravedad.

 

               Otro pitido llegó sonó en los altavoces: "Próxima detención: Anillo Terrestre, combinación con Colonia Lunar, Venus y la Estación Espacial Interplanetaria." nuevamente en cinco idiomas.

 

               Mucha gente se bajó y por fin hubo espacio para respirar. Los que descendían del tren lo hacían sin siquiera levantar los visores de sus SAVs, simplemente confiando en que todos los demás se moverían a su paso. Es cierto que algo se ve a través del visor, o por lo menos por su cámara frontal, pero sólo lo suficiente para cuidar tu propio camino.


               Encontré un asiento, me senté y respiré profundamente. La mezcla de perfumes y olores corporales era tan desagradable que daban náuseas pero, como siempre, logré no vomitar. Apoyé mi cabeza en el respaldo mientras las puertas se cerraban.


               Me desperté con el estridente pito de los altavoces que anunciaba la llegada a la estación terminal en los Casquetes Polares de Marte. Demonios. Me había pasado y tendría que tomar el primer tren de retorno posible, que salía en veinte minutos. Llegaría tarde al trabajo...

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